Crónica de un país polarizado
Rodrigo Ávila, candidato presidencial por ARENA para las próximas elecciones generales de El Salvador, llega hoy con retraso a su cita con los mercaderes de “La Tiendona”, quienes le tienen preparada una exquisita sopa. Lejos de estar fría, lo cierto es que se quema la boca. A pesar del incidente, afirma, siente que la victoria será suya, aunque los sondeos muestren una simpatía creciente por su opositor, Mauricio Funes, y el partido al que éste representa, el FMLN. Advierte además, mientras lanza a su público delantales y camisetas, que el triunfo de las izquierdas significaría entregarle las llaves del país a Hugo Chávez, el cuál, según él, les está financiando a los revolucionarios la campaña y, como dice aquel dicho mexicano, “el que paga al mariachi, elige la canción”.
Pero lo cierto es que 17 años después de que ARENA asumiera el mando tras la firma de los acuerdos de paz, El Salvador sigue viviendo en la postguerra. La situación económica y la inseguridad ocasionada por los altos índices de violencia, que se traducen en una media de 12 crímenes diarios para el pasado mes de enero, son los dos principales problemas que acechan al país desde entonces. Con todo ello no es de extrañar que la palabra “cambio” haya empezado a impregnar taxis, bares, tiendas y demás lugares de paso, tocada por una especie de halo mágico que difícilmente pasa desapercibido. Sentado en su sillón, y con un enorme póster del Che sobre su cabeza, Dagoberto Gutiérrez nos recibe con su mirada intensa. Para el vicerrector de la Universidad Luterana el cambio de por sí sería la propia llegada de las izquierdas al poder; un hecho histórico teniendo en cuenta que ello nunca ha sucedido anteriormente en El Salvador. ¿Estaría preparado el FMLN para gobernar? Como muchos otros salvadoreños es consciente de que las deficiencias del país no son fácilmente solventables y que solo será posible a través de un costoso proceso a largo plazo. El Frente de Farabundo Martí tampoco se libra, pues, de las críticas ni de la desconfianza y es que entre el grupo de “los amigos de Funes” encontramos a personajes de muy oscuro pasado.
A dos horas y media de la capital, en Segundo Montés, los niños juegan y esperan la tarde, ajenos a estrategias y formalismos políticos. Sus padres, veteranos de la guerrilla en su mayoría, sueñan con un sistema de salud integral y becas educativas, una pensión digna para los lisiados. Sigue fresco en su memoria el recuerdo de la guerra civil, los familiares muertos y los desaparecidos. Antes de volver a casa Mayor Melo hace una última petición: que se recojan sus testimonios, que se sepa la verdad, porque para que sanen las heridas queda pendiente todavía una Ley de Memoria Histórica. Haciendo cábalas de futuro, partidarios de uno y otro lado esperan ver, impacientes, los resultados electorales del próximo 15 de marzo.